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América Latina

Poéticas e políticas da intersexualidade

En los últimos años la presencia pública de la intersexualidad ha aumentado de forma ostensible. A mediados de los noventa, el caso de Edinanci Silva, la judoca brasileña que tuvo que demostrar su ‘condición de mujer’ para participar en los juegos olímpicos, tuvo resonancia mediática a nivel mundial. Más recientemente, la tendencia a incluir la “I” en la sigla que identifica los movimientos de la diversidad sexual de varios países (pasando a llamarse LGBTI), la inclusión de intersexuales como destinatarios/as de políticas públicas para poblaciones discriminadas y la promulgación de leyes que reconocen la existencia de un ‘tercer sexo’ o ‘sexo indeterminado’, como fue el caso de Alemania, son celebradas por algunas/os como avances en la garantía de sus derechos. Pero mayor visibilidad e inclusión no se traducen en mejores condiciones de vida.

Para Mauro Cabral, Co-Director de Global Action for Trans* Equality (GATE), la inclusión de lo intersex en el activismo por la diversidad sexual ha conllevado con frecuencia la invisibilización de la situación de las personas intersex y la exclusión de activistas en los procesos de representación. Asimismo, en el ámbito de la diversidad de género, lo intersex continua representando una posición ambigua que amenaza el binarismo de la diferencia sexual. En este sentido advierte que operaciones médico-jurídicas como la de la legislación alemana pueden estar orientadas más a una purificación de la diferencia sexual que al reconocimiento de la autodeterminación.

En entrevista con el CLAM, Cabral destaca la politización de la intersexualidad en América Latina, analiza los efectos de la inclusión de lo intersex en los marcos de la diversidad sexual y de género y aboga por poéticas que cuestionen la naturalización de las políticas de la diversidad e interpelen tanto la normalización corporal como la imaginación deseante de Occidente, para “romper con la lógica de la veridicción, con la compulsión médica y jurídica por la verdad del sexo, o la verdad de la emancipación”.

¿Cómo ha sido el proceso de politización y reconocimiento de las personas intersex en América Latina? ¿Qué diferencias observa con otras regiones?

La politización de la intersexualidad en América Latina es particularmente intensa; en nuestra región es mucho más común encontrar discursos que politizan cuestiones tales como la patologización de los cuerpos que varían respecto del promedio femenino o masculino, o el sometimiento de esos mismos cuerpos a prácticas invasivas y mutilantes, médicamente innecesarias y no consentidas de ‘normalización’. Latinoamérica se destaca además por ser una región donde el movimiento intersex recurre habitualmente al marco de los derechos humanos para articular sus demandas, pero desafía también el ideal corporal que sostiene ese marco tal y como está formulado en la actualidad. Me enorgullece mucho que el activismo intersex latinoamericano le escape a los límites etarios que suelen imponérsele al trabajo sobre intersexualidad –es decir, a la lucha centrada solamente en defender la integridad corporal y la autonomía decisional de niñ*s intersex que aún no han nacido, o que aún no han sido intervenid*s. El nuestro es también un activismo intersex más que interesado en la expansión de esa lucha, para incluir a tod*s aquell*s que ya nacimos, y crecimos, y enfrentamos todos los días las consecuencias de las intervenciones en nuestros cuerpos –o enfrentamos aquello que significa ser una persona intersex, intervenida o no, en nuestra cultura.

El activismo intersex en Latinoamérica ha sido realmente exitoso en resistir la re-patologización de la intersexualidad. En nuestra región es muy difícil encontrar a quienes reproduzcan el lenguaje del Consenso de Chicago, que transforma a los distintos cuerpos intersex en cuerpos afectados por distintos ‘trastornos del desarrollo sexual’, o por ‘diferencias del desarrollo sexual (o DSD, por su siglas en inglés). Al mismo tiempo, la barrera idiomática justifica la ignorancia o el desinterés manifestado por gran parte del activismo intersex anglófono respecto de los modos específicos de abordar la intersexualidad en portugués o en castellano. Las políticas de la traducción también juegan un rol fundamental en la construcción de saberes críticos respecto de la intersexualidad –muchas veces a través de la lectura de autor*s como Anne Fausto-Sterling o de Beatriz Marcos Preciado, cuyas aproximaciones a las cuestiones intersex suelen identificarse como la totalidad de esas cuestiones –mientras que la producción crítica de autor*s intersex que escriben en otros idiomas raramente llega a l*s nuestr*s, y la producción de autor*s locales se desestima.

Con frecuencia lo intersex ha sido asociado a cuestiones de diversidad sexual y de género, y en algunos casos con el tema de discapacidad. En su opinión, ¿cuáles han sido las implicaciones de enmarcar la intersexualidad en estos ámbitos para los derechos de personas intersex y el modo en que son representadas?

Las cuestiones intersex pueden ser consideradas desde distintas ‘diversidades’, aunque creo que la manera más precisa de formularlas es el marco de la diversidad corporal –es decir, intentando aproximaciones que en lugar de poner el acento en la ‘diversidad’ de orientaciones sexuales o en la ‘diversidad’ de géneros ponga el acento en la ‘diversidad’ de cuerpos. Me parece también que a pesar de esa precisión, o justamente debido a esa precisión y a las trampas mortales del lenguaje preciso, la intersexualidad necesita de otros modos del decir, capaces de resistir su cristalización en marcos institucionalizados e institucionalizantes. Hoy más que nunca precisamos de poéticas intersex que trabajen en contra de la naturalización de las políticas de la ‘diversidad’.

La inclusión explícita de la intersexualidad en la sigla ‘LGTBQI’, o su inclusión implícita en el activismo SOGI (es decir, centrado en cuestiones de orientación sexual e identidad de género) ha producido algunos efectos muy negativos –fundamentalmente, la exclusión de referencias concretas a la situación de las personas intersex y, de paso, la exclusión sistemática de activistas intersex, a quienes se considera adecuadamente representad*s cada vez que una persona ‘LGTBQ’ toma la palabra. En los espacios políticos y comunitarios de la ‘diversidad sexual’ la I se concibe como un desierto –no hay nada ni nadie en toda la verticalidad de su extensión.

Cuando se trata de la ‘diversidad de género/s’ la situación no es mejor. La intersexualidad ha sido históricamente identificada con una ‘tercera posición’, capaz de destruir, por sí misma, el binario de la diferencia sexual. A quienes sostienen esas fantasías parece importarles poco y nada que las iniciativas destinadas a instituir la intersexualidad como un ‘tercer sexo’ o un ‘tercer género’ estén atravesadas por la medicalización intensiva de los cuerpos intersex, porque lo que (les) importa es que esa posición exista y que alguien (más), alguien que no son ell*s mism*s, la ocupe. Es así como mucha gente celebró la ley alemana sobre intersexualidad, que otorga al sistema médico la posibilidad legal de declarar el ‘sexo indeterminado’ en el momento del nacimiento. A esta operación médico-jurídica destinada a purificar la diferencia sexual y a expurgarla de toda contaminación intersex, a este acto de volver visible en el registro legal la multitud de cuerpos que son cotidianamente invisibles se la ha asociado con la libertad, con la autodeterminación, con la emancipación… Del mismo modo, mucha gente celebró también que Norrie solicitara ser reconocida como intersex, entre otras posibilidades fuera del binario, porque sus cirugías feminizantes habían fallado –y una persona intersex es eso, ¿cierto? Una falla, y solo una falla. En el contexto más conservador de las políticas de género –allí donde género significa ‘mujer’ bajo otro nombre- nos encontramos con muchas resistencias a incorporar las cuestiones intersex –incluso aquellas que afectan a niñas y mujeres, tales como las clitoridectomías- dentro del trabajo político, por ejemplo, en torno a la mutilación genital femenina.

El activismo intersex y el activismo de las personas con discapacidad comparten algunas preocupaciones claves –por ejemplo, el avance de la de-selección genética y la práctica, cada vez más extendida, de abortos selectivos. También nos preocupa la violencia en contextos médicos –el informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre Tortura es un ejemplo excelente al respecto.

El discurso biomédico sobre los estados intersexuales se ha erigido con frecuencia como el modo predominante de entender el tema e incluso ciertos activismos intersex se han apoyado en el mismo. ¿De qué modo ha incidido esto en la politización de la intersexualidad?

Yo no estaría tan seguro de que la medicina sea el modo predominante de entender el tema; tal vez podríamos pensar en ciertas instituciones médicas –hospitales, y dentro de los hospitales, determinados servicios especializados– como sitios privilegiados de producción de intersexualidad. En esos sitios la intersexualidad se produce activamente a través de distintos dispositivos (desde el ‘pedir turno’ y la ‘sala de espera’, que constituyen decisivamente la experiencia del devenir ‘paciente’ en un hospital, pasando por la consulta, la revisación, los estudios bioquímicos, radiológicos, genéticos y, por supuesto, diagnósticos e intervenciones), pero su producción no está limitada a sus perímetros. De hecho, esos perímetros son porosos –y así como la medicina pone a circular una versión fuertemente patologizada de la intersexualidad, nunca se trata de una versión puramente médica. El abordaje médico de la intersexualidad también está constituido por ideales regulativos acerca del género, por fantasías sexuales, por los fantasmas de la omnipotencia médica frente a la vulnerabilidad del cuerpo expuesto, y también de la impotencia médica frente a lo real de lo que no-puede-ser-real de la carne expuesta.

Por supuesto, es necesario reconocer esa relación constitutiva de la intersexualidad con la medicina –aunque soy de los que creen que es necesario reconocer que existe además una relación fundamental entre la intersexualidad y el orden de la ley. A lo largo de su historia el activismo intersex ha intentado distintos abordajes de esa relación –a través de tomar un posicionamiento crítico respecto de la medicalización y sus consecuencias, o de tomar una posición más afín con esa medicalización, pero crítica respecto de los procedimientos de ‘normalización’ corporal dentro de contextos medicalizados. Sin embargo, incluso las posiciones más críticas reconocen que es preciso atender a tres cuestiones fundamentales en relación al acceso de las personas intersex a la salud. En primer lugar, distinguir entre aquellas variaciones corporales que no comportan ningún riesgo para la salud de aquellas que precisan intervenciones médicas (por ejemplo, la hiperplasia suprarrenal congénita con pérdida salina), y de aquellas que requieren monitoreo (por ejemplo, cuando existe el riesgo de malignización gonadal y se ha preferido un enfoque conservacionista en lugar de una gonadectomía preventiva. En segundo lugar, atender las consecuencias de las intervenciones de ‘normalización’ corporal en la salud de las personas intersex, porque aunque la mayoría de las variaciones corporales intersex no comporten riesgo alguno para la vida, muchas de las intervenciones destinadas a modificar nuestros cuerpos los enferman –y nos enferman. Dolor, insensibilidad y sequedad genital, mala cicatrización crónica interna o externa, dificultades urinarias, esterilidad, pánico, depresión y trauma post-quirúrgico son algunas de esas consecuencias, y hablar de des-patologización intersex implica ser capaces de articularlas como lo que son: impactos de la violencia contra nuestro cuerpo. En tercer lugar, garantizar que todas las personas intersex –aquellas que fueron intervenidas, aquellas que no, aquellas que se identifican como intersex, aquellas que se identifican de cualquier otro modo- tendrán siempre y en todas partes acceso a atención de salud integral. La obsesión de la medicina por nuestros genitales tiene un efecto decisivo y perverso en la negación sistemática del derecho a la salud de las personas intersex: muchas personas intersex preferimos no visitar un hospital ante el riesgo de sufrir nuevas formas de intrusión, de invasión, de violación.

¿Qué semejanzas y diferencias observa con otros procesos de movilización agenciados por sujetos patologizados como el de liberación homosexual?

Cuando se compara el proceso de despatologización de la homosexualidad con el proceso de despatologización de la intersexualidad uno de los contrastes más llamativos es la construcción diferencial de los sujetos de ambas luchas emancipatorias. Por un lado, la lucha homosexual por la despatologización suele representarse como una lucha de adultos, mientras que la lucha intersex suele representarse como una lucha de infantes (y, es más, de infantes aún por nacer). La repetición acrítica del relato histórico que afirma que la homosexualidad dejó de ser una patología suele comprar además la delimitación etaria del sujeto homosexual –como adulto- y desentenderse de todas las formas de patologización que amenazan, aún hoy, a niñas ‘masculinas’ y niños ‘femeninos’, incluyendo la categoría de ‘incongruencia de género en la infancia’, propuesta para la nueva versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). Y, al mismo tiempo, la identificación del sujeto de la despatologización intersex con el ‘País de l*s Niñ*s por Nacer’ justifica la exclusión constante de las personas intersex adultas del trabajo sobre despatologización e ‘infantiliza’ las demandas políticas intersex.

Usted ha llamado la atención sobre el modo en que las representaciones hegemónicas sobre intersexualidad se vinculan tanto con la normalización corporal como con la exclusión de las personas intersex de la “imaginación deseante de nuestra cultura”. ¿De qué modo los activismos intersex latinoamericanos formulan una política alternativa de representación?

Me sigue pareciendo más que necesaria la interpelación intersex a esa ‘imaginación deseante’, aunque nada más lejos de esa formulación que la creencia en la posibilidad de una fórmula capaz de producir tal o cual reacción, tal o cual resultado –si hay algo que necesitamos es romper con la lógica de la veridicción, con la compulsión médica y jurídica por la verdad del sexo, o la verdad de la emancipación, y ensayar formas disímiles de la erótica, de la poesía, de la ficción. Tan importante como la puesta en circulación de discursos celebratorios sobre la intersexualidad me parece el trabajo minucioso sobre el límite, en el límite de lo celebrable, y más allá de ese límite, ahí donde no hay nada que celebrar. Hacerle espacio en la intersexualidad a esa alegría inconmensurable que el mundo no ve, y a esa tristeza también inconmensurable que el mundo tampoco ve.

Publicada em: 08/10/2014

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