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A NEW EVANGELIZATION

 La agenda conservadora reciente en materia de regulación de la vida, la sexualidad y la familia tiende a colonizar campos otrora opuestos a la religión, como la ciencia y el derecho. Discursos sobre aborto y homosexualidad antes fácilmente clasificados como moralistas o religiosos, encuentran hoy mayor resonancia en áreas como la bioética, la psiquiatría, las ciencias biomédicas y el activismo por los derechos humanos, revelando nuevas articulaciones entre religión, ciencia y política sexual.

Dos polémicas recientes ilustran este desplazamiento. Una tuvo lugar en torno al V Congreso Centroamericano de Bioética, celebrado la semana pasada en San José de Costa Rica. Semanas antes el debate entre un pastor y un genetista brasileños respecto al origen de la homosexualidad había adquirido estado público, generando múltiples pronunciamientos.

Minando un campo

Organizado por la Asociación Costarricense para el Estudio y la Difusión de la Bioética (ACED Bioética), el Congreso Centroamericano reunió a médicos, educadores, juristas, y científicos con el fin de debatir "temas cruciales" para las sociedades contemporáneas e "integrar aportaciones y propuestas que conduzcan a un mundo más humano, en un contexto de respeto a la vida y valores universales y [de] fortale[cimiento] de la sociedad civil". Los conferencistas invitados son reconocidos por diversas posturas conservadoras. Se trata, por ejemplo de aquella contra la fertilización in vitro vigente en Costa Rica hasta diciembre del año pasado, cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al país por vulnerar diversos derechos. Otra de ellas defiende una educación diferenciada para hombres y mujeres que tenga en cuenta los efectos de sus "particularidades bio-fisiológicas" en el desarrollo de destrezas y las diferencias de aprendizaje entre uno y otro sexo. Una tercera aboga por el tratamiento de la homosexualidad como un problema de salud pública.

En el Congreso participó el médico español Jokin de Irala, uno de los principales críticos de las teorías genéticas de la homosexualidad y para quien las decisiones de los Estados relativas a los derechos y deberes de las personas LGBT, así como la actitud de la sociedad frente a la homosexualidad, deben estar orientadas por una "comprensión científica" de la misma. Irala pone en entredicho las teorías que sitúan el origen de la homosexualidad en características biológicas de los individuos, como las que se refieren a particularidades del Sistema Nervioso Central o a la acción de determinados genes u hormonas, por considerar que carecen de fundamento científico. En su lugar, postula que la homosexualidad sea entendida como una alteración en el desarrollo adecuado de la afectividad, que afecta la autoestima de hombres y mujeres y que se manifiesta en la pubertad a la par con otros "problemas psicológicos". En tal sentido, el médico concluye que la heterosexualidad y la homosexualidad no son equiparables, y que pese a que en la actualidad existe "una tendencia a valorar la homosexualidad exclusivamente desde el punto de vista emocional", es deber de la ciencia explicarle a los homosexuales que su orientación sexual es síntoma de un problema que puede ser tratado.

La realización del Congreso de Bioética suscitó un intenso debate en el país centroamericano, sobre todo luego de que el gobierno de Laura Chinchilla –la única candidata a la presidencia que en 2009 marchó en contra del aborto y del reconocimiento legal de las uniones homosexuales– lo declarara de interés público a través de decreto presidencial. Organizaciones LGBTI y de derechos humanos participaron en la "Manifestación de Incurables", una protesta que le exigió al gobierno la revocación de dicha declaratoria y que reconociera públicamente que la homosexualidad no es una enfermedad. Al reclamo se sumaron el Colegio Profesional de Psicólogos de Costa Rica, la Asociación Costarricense de Psiquiatría y la Defensoría de los Habitantes, que acusó al gobierno de tener un doble discurso en materia de derechos humanos. Finalmente, el decreto fue revocado por la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, que si bien reconoció el derecho de ACED Bioética a organizar este evento –pese a que sus posturas no fueran ampliamente compartidas por la comunidad científica o incluso fueran consideradas discriminatorias, afirma el Tribunal–, declaró que la decisión del Ejecutivo no podía ser contraria "a reglas de la ciencia o de la técnica, o a principios elementales de justicia, lógica o conveniencia". El fallo del Tribunal zanjó temporalmente la cuestión. No obstante, el debate puso en evidencia que ciencia y justicia no siempre van en la misma dirección, y que la primera puede estar alineada con agendas políticas como la del Opus Dei. Activistas LGBTI afirmaron que el congreso había sido de hecho organizado por esa agrupación religiosa, lo cual fue negado por voceros de ACED Bioética.

Prédica y genética

Las declaraciones incendiarias del pastor evangélico Silas Malafaia, líder de la iglesia Asamblea de Dios, no son novedad en Brasil. En la polémica más reciente en torno de ellas resuenan argumentos similares a los de Irala. Durante una entrevista transmitida por la televisión brasileña, Malafaia afirmó que, de acuerdo con la evidencia científica, "nadie nace gay" y que "no existe un gen homosexual, sino un orden cromosómico que define si una persona es macho o hembra". En virtud de ello, ser hombre o mujer sería una determinación genética, mientras que la homosexualidad respondería a una "preferencia aprendida o impuesta". Citando investigaciones realizadas entre gemelos idénticos o monocigóticos (es decir, aquellos procedentes de un único óvulo y un único espermatozoide y cuya carga genética sería prácticamente igual, salvo pequeñas variaciones genómicas) que reportan diferencias en la orientación sexual de cada uno, el pastor afirmó que si el origen de dicha orientación sexual fuese genético, no existirían tales diferencias. En otras palabras, lo que Malafaia pretende mostrar es que ser hombre o mujer es una condición inalterable, producto de la naturaleza, mientras que la homosexualidad es un comportamiento que puede ser modificado. Pese a rechazar considerar la homosexualidad como una enfermedad, le da el estatus de desvío que debe ser corregido, al modo de una "patología moral".

En respuesta a estas declaraciones, el genetista Eli Vieira publicó un video en youtube rebatiendo cada uno de los argumentos de Malafaia, citando investigaciones que demostrarían una "contribución de los genes en la orientación sexual homosexual", incluso en casos de gemelos monocigóticos. Según relata Leandro Colling, comunicador social y profesor de la Universidad Federal de Bahía, el video tuvo una importante acogida entre activistas LGBT e investigadores sociales, que lo divulgaron masivamente a través de redes sociales. Vieira también trae a colación estudios que señalan diferencias entre los cerebros de homosexuales y heterosexuales, que constituirían el correlato biológico de la orientación sexual. Pese a que la respuesta de Vieira se convirtió en el contrapunto de las tesis del pastor, no toca explícitamente cuestiones relacionadas con los derechos de las personas LGBT, como sí lo hace Malafaia, para quien el problema de los homosexuales en el Brasil es que abogan por derechos para sí mismos "en detrimento de la colectividad".

Resulta curioso en este debate por un lado, cómo la naturalización de la orientación sexual es movilizada a favor del reconocimiento de la homosexualidad como variante legítima; mientras que por otro aquellos que pretenden limitar los derechos de las personas LGBT, e incluso modificar su deseo, se hayan alejado de posturas esencialistas que la consideran una anormalidad inscrita en el cuerpo de los sujetos, para adoptar explicaciones relativistas del deseo sexual que apuntan a componentes psicológicos o sociales de la misma.

Un argumento básico subyacente a estos tránsitos es que lo natural no es modificable, mientras lo social sí; y que lo "natural" es "bueno", o por lo menos aceptable, mientras que no se puede decir lo mismo frente a los comportamientos aprendidos, que pueden ser corregidos. También es posible que las posturas conservadoras que apelan a la ciencia para dirimir la cuestión del origen de la homosexualidad y con ello afirmar sus nociones sobre una sexualidad correcta y otra incorrecta pretendan desmarcarse de argumentos eugenésicos, aunque conserven la idea de que existen sujetos anormales y peligrosos para la sociedad. Cabe la posibilidad de que estos argumentos busquen hacer contrapeso a las teorías sociales sobre sexualidad, que han contribuido a legitimar las luchas por el reconocimiento de la diversidad sexual.

En todo caso, lo que estos debates evidencian es, por un lado, una significativa consonancia entre dogmas religiosos y razones científicas; pero también cambios importantes en las estrategias de los activismos cristiano y católico respecto a las políticas sobre la vida, la sexualidad y la familia, cuyo análisis requiere revisar las clásicas oposiciones entre privado y público y entre religioso y político.

Secularismo estratégico

En La "Cultura de la vida". Desplazamientos estratégicos del activismo católico conservador frente a los derechos sexuales y reproductivos (2012), Juan Marco Vaggione utiliza dos conceptos para analizar algunos de los cambios en la relación entre religión y política, a la luz de los debates sobre derechos sexuales y reproductivos: "desprivatización" y "postsecular". Tales conceptos, señala el autor, permiten entender una situación diferente a la pronosticada por la teoría de la secularización, que afirmaba una tendencia a que las religiones se confinaran al ámbito privado, merced a un movimiento histórico propio de la modernidad en el que tendría lugar además una desvinculación de las instituciones democráticas de las religiosas.

Respecto al primer concepto, desprivatización, Vaggione afirma que "[e]n vez de privatizarse, de despolitizarse, las principales religiones han seguido un proceso de inscripción como actores públicos. Esta desprivatización no se da (sólo) para defender un orden tradicional sino que las religiones también intervienen públicamente como actores de la sociedad civil que buscan ser parte de los principales debates democráticos". El segundo, postsecular, "marca una interrupción con las definiciones de lo democrático basadas en el secularismo", y resume: "Si la desprivatización pone en escena lo religioso como dimensión pública, lo postsecular fuerza a repensar las fronteras trazadas entre lo religioso y lo político".

El investigador argentino observa este fenómeno en el activismo católico contemporáneo, aunque, guardando las respectivas diferencias, también es extensible a otros activismos religiosos. Al respecto considera dos desplazamientos que han tenido lugar en dicho activismo: uno que va "desde lo religioso a lo secular" y otro que va "desde afuera hacia adentro de la democracia". El primero señala la creciente importancia que han cobrado agentes y argumentos seculares en la militancia católica, observable en el aumento de ONGs "pro-vida" con una fuerte identificación religiosa, que movilizan los principios de la Iglesia católica en distintos ámbitos y que buscan atajar los avances de grupos feministas y LGBT. En este desplazamiento también se sitúan las argumentaciones científicas en contra del aborto, los derechos de las personas LGBT y la fecundación artificial asistida, y a favor de visiones restrictivas acerca de la familia, la sexualidad, la reproducción y la vida. Estas, según Vaggione, se han potenciado con la aparición de los derechos sexuales y reproductivos. Las "consideraciones" publicadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre estos temas constituyen un claro ejemplo de ello. Los documentos, que con frecuencia buscan interpelar a legisladores y operadores jurídicos de los países donde se discuten estas cuestiones, esgrimen, además del dogma cristiano, argumentos biológicos, antropológicos, sociológicos y jurídicos respecto a la inconveniencia de reconocer tales derechos. El segundo desplazamiento descrito por Vaggione está estrechamente vinculado con el primero y se refiere a la inscripción de la Iglesia católica en la sociedad civil, de modo que le permite hacer uso de espacios e instancias de participación democrática para debatir públicamente estos temas, así como emplear mecanismos democráticos para incidir en ámbitos legislativos y judiciales.

De este modo se evidencian los límites del secularismo –frecuentemente invocado como respuesta a los avances de la Iglesia en la regulación de estos temas–, ya que buena parte de las estrategias, agentes y argumentos de la Iglesia se han secularizado. Este proceso forma parte del "secularismo estratégico" del que habla Vaggione. Respecto a este afirma que "[t]anto las estrategias [de la Iglesia católica] para influenciar los debates públicos como los legales se acomodan a la laicidad como horizonte normativo democrático".

Sin embargo, lo anterior no significa que la ciencia sea un instrumento inerte o neutro empleado por agentes sociales, religiosos o no, en sus luchas políticas. Si bien la producción científica puede ser apropiada y usada para la consecución de fines determinados, como afirma la investigadora brasileña Marina Fisher Nucci en su artículo “O Sexo do Cérebro”: uma análise sobre gênero e ciência (2010), "la ciencia no investiga simplemente [la diferencia entre los sexos], por el contrario, ella misma constituye la diferencia". La autora explica cómo, por ejemplo, en el siglo XVIII, época en la que organizaciones de mujeres ya luchaban por la redefinición de su papel en la sociedad, "la anatomía del cuerpo femenino se constituyó en una "prueba" de su inferioridad intelectual". De este modo, además de reproducir conceptos sobre lo masculino y lo femenino, explica que "en su búsqueda por un fundamento biológico para explicar las diferencias entre los sexos, los científicos han atribuido nuevos significado al sexo y al género".

En una dirección similar el sociólogo francés Bruno Latour cuestiona la separación tajante entre ciencia y sociedad. Al respecto señala que en el estudio de la ciencia y la tecnología es necesario "dejar de lado todos los prejuicios acerca de la distinción entre el contexto en el que el conocimiento se halla insertado y el conocimiento mismo". La ciencia está imbuida en los debates políticos que tienen lugar en la sociedad, incluso los movilizados por agentes religiosos o seculares de filiación religiosa, y viceversa. Por lo que también resulta necesario poner entre paréntesis la oposición radical entre dogma religioso y conocimiento científico, por lo menos en lo que atañe a la producción de verdades sobre el sexo y el deseo. No porque ciencia y religión sean la misma cosa, sino porque en determinados ámbitos una y otra pueden solaparse.

De hecho, si Irala y Malafaia abogan por una rigurosidad científica en la comprensión de la homosexualidad, que oriente las regulaciones del Estado en materia de derechos y deberes de las personas LGBT, no es precisamente porque la ciencia entre en contradicción con la política sexual religiosa, sino porque puede sustentarla. En este sentido, no es de sorprenderse que los debates científicos en torno a la naturaleza de la homosexualidad, que para algunos pueden parecer una cuestión superada, cobren nueva fuerza en contextos de creciente reconocimiento de los derechos de las personas LGBT, ya que, parafraseando a Fisher Nucci, la ciencia no sólo reproduce viejos significados sobre la homosexualidad y la heterosexualidad, sino que también los constituye.

Otra evangelización

El 21 de septiembre de 2010, en un contexto de fuertes protestas suscitadas por la visita de Benedicto XVI a varios países europeos, el entonces Papa promulgó la carta apostólica Ubicumque et Semper, que decretaba la puesta en marcha de una nueva evangelización de escala planetaria para contrarrestar la creciente descristianización del mundo. Para tal fin creó el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización. El año siguiente, el 11 de octubre de 2011, publicó Porta Fidei, otra carta apostólica con estatus de bula pontificia, al igual que la anterior, en la que convoca la celebración de El Año de la Fe con el propósito de reconstituir el "tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella", reconocible en el pasado, pero que en la actualidad se ha desdibujado por la crisis de fe que afecta a la humanidad. El año de la fe comenzó el 11 de octubre de 2012, en conmemoración del 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y del 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, y concluye el 24 de noviembre de este año. Si bien estas dos acciones se remiten en principio a un proyecto relacionado con la revitalización de la fe católica, sus alcances van más allá.

Según el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, la evangelización americana iniciada en 1492 implicó no sólo la expansión del cristianismo como religión, sino también como sistema político, económico y cultural. Del mismo modo, la recristianización implica un proceso de confrontación económica, cultural y política, no tanto con el secularismo, sino con los agentes e instituciones que desafían la cosmovisión de la Iglesia católica –en este caso referida a ideas sobre el género, la sexualidad y los derechos. Para ello se vale de mecanismos democráticos y seculares como los descritos por Vaggione. Podría pensarse que la evangelización tiene lugar en dos frentes, uno religioso y otro secular. O, dicho de otro modo, que existe otra evangelización, secularizada, que se articula con saberes expertos sobre sexualidad y que actúa en las arenas cultural, jurídica y política, cuyo núcleo no está menos ligado al dogma católico que aquella movilizada por instituciones y agentes religiosos.

Esta reconfiguración de las relaciones entre religión, ciencia y política revela ante todo un proyecto agenciado por la Iglesia católica, entre otros agentes religiosos, cuyo objeto de disputa es una visión de mundo restrictiva y excluyente. Las nuevas estrategias del activismo religioso conservador no requieren del acceso directo al poder político para que dicha empresa sea exitosa. Esto nos lleva a pensar, con Vaggione, que lo que está en juego no es sólo "reforzar el principio de la laicidad frente al activismo católico sino, en todo caso, interrogar sobre los límites democráticos en su accionar".