CLAM – ES

LOS SOSPECHOSOS DE SIEMPRE

Por Pilar Pezoa Navarro

La Coordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual – CUDS nació hace 8 años con “D” de “Diversidad Sexual”, que posteriormente cambió a “Disidencia Sexual”. El cambio surgió al observar que mujeres y hombres heterosexuales que se consideraban disidentes de la norma heterosexual también se sentían atraídos por los planteamientos que la CUDS hacía en sus performances e intervenciones a través de internet. Por eso consideraron que la noción de ‘disidencia’ transmitía mejor que ‘diversidad’ la idea de generar un espacio de “inclusión crítica”.

El devenir, dicen, los ha llevado por distintos caminos. No se identifican con las identidades L, G, T o B. Por el contrario, se sienten “parias” de los movimientos gays, pese a que nacieron bajo el alero del MOVILH (Movimiento de Liberación Homosexual). Ahora coquetean con el “feminismo deconstructivo” y cuestionan las normatividades sexuales, en plural, es decir, no sólo la heteronormatividad, sino también la homo y la lesbonormatividad. “¡Deconstruir la lógica del género!” es su consigna.

Por eso, más que gays o lesbianas, las y los integrantes de la CUDS se asumen como sujetos disidentes y críticos de la norma sexual. Para ellos y ellas la transformación permanente es algo que hace a una organización joven, anclada en la Universidad de Chile, que no está institucionalizada y permanece lista para mecer las grandes estructuras y criticar las teorías del género, las teorías sexuales, la teoría queer.

Cuando nacieron, en el año 2002, fueron conocidos por distribuir condones en el mundo estudiantil; iniciativa que hoy aseguran no repetirían. Sin embargo, no desconocen que en ese momento fue la única posibilidad de visibilizar a los jóvenes en la diversidad sexual. Ahora entregan conitos para que las mujeres orinen de pie y subviertan el uso de sus cuerpos.

Este es el segundo año que la CUDS impulsa el “Circuito de Disidencia Sexual”, que para sus creadores es un híbrido, como todo lo que hacen: mezcla de la experiencia del cuerpo a través de talleres con charlas que buscan la reflexión crítica sobre la sexualidad y el género.

En esta oportunidad el eslogan del Circuito fue “Por un Feminismo sin Mujeres”. Entre los invitados e invitadas estuvieron expertos/as de distintas disciplinas, como Olga Grau, filósofa del Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina (Cegecal), Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile; Nelly Richard, crítica cultural y ensayista, directora de Extensión Académica y Cultural de la Universidad ARCIS; Gabriel Larenas, escritor, Licenciado en Estética de la Pontifica Universidad Católica de Chile; Patricia Espinosa, crítica literaria y docente del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile; Jorge Marchant Lazcano, escritor, dramaturgo y periodista y Diamela Eltit, escritora y ensayista.

A los encuentros asistieron jóvenes interesados en debatir y ampliar sus miradas. Los responsables de la convocatoria fueron Jorge Díaz, 25 años, poeta y estudiante del doctorado en química de la Universidad de Chile, hace dos años integrante de la CUDS; Cristián Cabello, el activista más ‘viejo’ de la CUDS, de 23 años, con 4 años de militancia; y Francisca Barrientos, alias Panchita, Presidenta de la CUDS, un año y medio como activista y estudiante Magíster en Historia en la Universidad de Chile.

En entrevista con el CLAM, este equipo reflexionó sobre el impacto del Segundo Circuito, así como sobre sus intervenciones, la evolución de la CUDS durante sus 8 años de vida y su inserción en la sociedad chilena.

¿Cómo se inserta la actividad de la CUDS en un país como Chile, que se ve a sí mismo como tan conservador?

Generalmente los movimientos pro diversidad son un tanto victimizados y sienten miedo de salir y ocupar espacios públicos. La CUDS se posiciona en el espacio público descaradamente, sin preocuparse de qué van a decir o qué va a pasar si decimos a o b. Nuestra experiencia en el activismo nos ha demostrado que la mejor forma de posicionarnos es de la manera que nos resulte más cómoda en este devenir constante: irrumpiendo sin miedo.

En una oportunidad fuimos al “barrio rosa”, la zona del edificio de Bellas Artes en Santiago, para impulsar la campaña “Curar la Heterosexualidad”. Les preguntamos a las personas de esa zona qué pensaban de que en Chile hubiese un aumento tan grande de heterosexuales, así como de familias conviviendo bajo la lógica heterosexual. La gente quedaba en shock frente a eso. Estrategias como esta nos permiten hacer un clic, una “reversión” en las formas tradicionales de ver las identidades. La idea es que sea algo sorpresivo.

¿En esa misma lógica se encuentra lo que han hecho con “la Gabriela”, como se denomina popularmente en Chile al billete de 5 mil pesos, al escribir “lesbiana” sobre la efigie de Gabriela Mistral?

En el año 2009, a la marcha del Orgullo Gay llevamos un letrero bien grande que decía “Gabriela Mistral no era mujer”. Hubo gente que quería quemar el lienzo. Dijeron muchas cosas: que era mujer, que era lesbiana; a lo que nosotros respondemos interrogando ¿qué significa ser mujer ¿qué significa ser lesbiana?

Nos interesaba reflexionar sobre la idea de que las lesbianas no somos mujeres, porque ser mujer es tener que adquirir un contrato heterosexual en el cual debes casarte, tener hijos y un cierto estatus social. Si no cumples con estos requisitos no lo eres. Al desestructurar el género o la estructura de mujer, la lesbiana no sería mujer. Y eso nos parece interesante.

Hace poco hicimos un llamado a rayar los billetes de 5 mil pesos y escribir “lesbiana”. No nos interesa si Gabriela Mistral era o no lesbiana, sino tratar de entender que las intimidades o la vida íntima de los individuos tiene que ser pública y política. La vida privada es política.

Hemos recibido críticas de grupos de minorías sexuales o de la diversidad sexual, que creen que afirmar que Gabriela Mistral es lesbiana es ofender su honra. La palabra ‘lesbiana’ sigue teniendo una connotación negativa. Decir ‘lesbiana’ implica una ofensa. Este cruce es interesante porque pone en evidencia que hay ciertas palabras y ciertas subjetividades e identidades que siguen siendo abyectas y las mismas personas que pertenecen a esa identidad sienten que la suya es negativa, como si se tratara de una violencia ejercida por individuos contra individuos.

Intervenir los billetes nos permite pensar en un recorrido a través del espacio público que no sabemos hacia dónde va. Ese viaje que hace la intervención del billete es muy atractivo, porque no conoces sus consecuencias. Nos preguntamos, ¿qué le va a pasar a la persona que reciba el billete de 5 mil pesos? Porque tiene que usarlo, es dinero, y está en un juego que va mucho más allá del mensaje.

En un momento nos pareció interesante hablar de Gabriela Mistral como lesbiana – como identidad única, fija – evidenciando cómo se construye, desde una perspectiva deconstructiva. Pero en realidad no tenemos una identidad fija lesbiana o gay. Creemos que estas acciones pueden ser políticamente interesantes, atractivas y provocadoras.

¿Qué impacto tiene la CUDS en la sociedad chilena ¿Cómo se proyecta desde el ámbito académico y artístico?

La CUDS está en la universidad. Es relevante porque nos permite seguir conversando y eso es clave. Hay temas que son ‘valóricos’, donde no hay mucha discusión, como por ejemplo la violencia de género, la no discriminación. No podemos ir en contra de eso. El punto es darle una vuelta de tuerca en su abordaje.

A veces nos dicen que la CUDS debería salir del espacio universitario; pero no estamos tan seguros o seguras de ello. La universidad aún no ha logrado que las cabezas pensantes que están en este espacio abran sus mentes. Se repiten discursos de homofobia y misoginia. Entonces no es cierto que la universidad sea un espacio libre, pluralista o democrático. No es cierto. Queremos establecer una crítica y permanecer en la universidad como espacio de acción política.

¿Y su visibilización en la internet?

La CUDS siempre se ha sentido excluida y al margen del movimiento gay y lésbico, incluso del movimiento feminista. ¿Cómo se articula entonces un discurso sin un territorio, donde el único territorio que te queda es el cuerpo? Para nosotros lo caber es un espacio de resistencia que permite la visibilización de las diferencias, ya que en el espacio público más consagrado – los medios de comunicación chilenos – no está permitido hacerlo. Si tales diferencias aparecen, son estigmatizadas.

En cambio en Internet las redes sociales son espacios de consumo de jóvenes, de gente con acceso a un nivel cultural distinto. En ese espacio tenemos nuestra página web desde 2008, que es muy importante. Nosotros la levantamos, gestionamos sus contenidos y ahí nos insertamos.

Este año es la segunda vez que se impulsa el Circuito de Disidencia Sexual. ¿Cómo surgió esta iniciativa?

El Circuito es un híbrido, como todo lo que hacemos. Mezcla la experiencia del cuerpo a través de talleres y ponencias que son de corte reflexivo. Son teoría y práctica al mismo tiempo.

El Circuito surge por la necesidad de generar una localización de la CUDS ya que, aunque no lo parezca, es una Coordinadora. Hay una intención de agrupar, juntar, reunir y generar una especie de comunidad disidente donde se puedan generar diálogos. No un gueto, sino un espacio donde la gente circule.

“Circuito” como concepto es muy bonito porque te obliga a entender y vivir esto como algo en tránsito, que va mutando. No es un congreso, un encuentro, no es algo cerrado. Se transita por el espacio universitario y se reúne a gente inter-generación, inter-temática, inter-sexos, teóricos y teóricas de estudios de género, gente joven que hace trabajos en arte, proyectos independientes, activistas. Es una mezcla bien interesante.

En esta oportunidad el eslogan fue “Por un Feminismo sin Mujeres”, un enunciado que, como ustedes afirman, está ubicado entre la contradicción y lo irreal, ¿Cuáles fueron las reflexiones en torno a esto?

La idea era salir del clóset y mostrarnos cómo somos. Esto lo hemos pensado desde la teoría feminista. En los estudios gays lésbicos no hemos encontrado una reflexión que nos localice como sujetos disidentes.

Nosotros hablamos de ‘la mujer‘ con comillas o cursiva, con relación a estos devenires minoritarios. Es decir, la mujer ya no como pechos y vagina, sino la mujer entendida como oposición política al sistema. El tema ‘mujer’, que nace de la vagina, siempre ha sido el sujeto menor; aunque no sólo ella ha sido un constructo menor. Hay otras identidades periféricas, al margen, que podrían visibilizarse bajo esta construcción. Tampoco podemos desconocer que las mujeres han vivido un proceso lento para establecerse como sujeto político. Todavía no podemos decir que las mujeres tengan paridad de género o derecho al aborto.

Este eslogan también cuestiona la construcción de algunos espacios que se declaran feministas y el ingreso a ellos. El año pasado nos llegó una invitación de un grupo de feministas jóvenes a participar en un encuentro. Decidimos que irían un compañero y una chica. Las organizadoras dijeron que entendían que la CUDS era una organización mixta pero que no podía ir un hombre al encuentro, porque era de feministas. Nosotros respondimos que nuestro compañero lo era, y su respuesta fue que era un bio-hombre. Ahí se cierran los espacios del feminismo.

Hablar de las “mujeres malas”, las “perras”, las “putas”, o la “madre drag” son quiebres para el movimiento feminista tradicional, pero ahí hay sujetos y sujetas que no se pueden desconocer y que tienen un gran potencial político.

Lo interesante, más que crear un mundo donde sólo hay disidentes sexuales, es apropiarse y subvertir un estatuto y una cultura heretosexual a través de la disidencia; es decir, irrumpiendo en ella. No se trata de crear algo nuevo, sino de generar esa reflexión.

¿Qué entienden ustedes por un movimiento queer chileno?

En un momento la CUDS se definió como queer, pero creemos que el concepto cierra y se transforma en una especie de trampa, una normativa donde se plantea ser queer, que le resta habitabilidad al espacio.

Hay muchos movimientos artísticos estudiantiles que se ponen el sello queer, pero no tienen el peso político. Por ejemplo, hay fiestas que eran de lesbianas a las que no podía entrar ningún hombre y que se denominaban ‘fiesta queer’.

El escritor Juan Pablo Sutherland, uno de los teóricos sobre la homosexualidad y el arte, consideró como queer las performances de Francisco Casas y Pedro Lemebel, las “Yeguas del Apocalipsis”. Ellos habrían sido queer o pre-queer. En el contexto de la dictadura, las Yeguas bailaron la cueca sobre una América Latina de vidrio. Es el cuerpo sufrido, eso se puede asumir como arte queer.

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